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Verhalen

La Mano de Donato

Florencia, 1478. Un joven escultor y su modelo comparten un taller, un secreto y un peligro más grande que el mármol.

RainbowNews Redactie23 de abril de 2026 — Países Bajos3 min de lectura
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I. Polvo y luz

El cincel golpeó. El mármol crujió. El polvo bailó en la luz.

El taller olía a piedra, aceite de linaza y sudor. Por la ventana alta entraba la luz de la mañana de Florencia. Oro sobre blanco. El Arno corría lento allá abajo.

Matteo Ricci, veinticuatro años, se limpió la frente. Era escultor. Aprendiz del maestro Verrocchio, en otro tiempo. Ahora trabajaba solo, en una pequeña bottega detrás del Ponte Vecchio. Sus manos eran duras. Sus ojos, suaves.

Sobre el estrado de madera había un hombre. Desnudo, salvo por un paño de lino anudado a las caderas. Se llamaba Donato Sforza, veintisiete años, antiguo soldado al servicio de los Sforza de Milán. Ahora modelo. Ahora fugitivo. Ahora algo que Matteo no se atrevía a nombrar.

—Quieto con la cabeza —dijo Matteo.

—La tengo quieta —dijo Donato.

—Estás respirando.

—Es algo que me gusta hacer.

Matteo sonrió a su pesar. Golpeó de nuevo. Cayó una astilla de mármol. Bajo sus manos fue creciendo un hombro, un cuello, la línea de una mandíbula con una cicatriz. Esa cicatriz Donato la había traído consigo desde la Romaña. La historia que había detrás aún no la había contado.

II. Una ciudad llena de ojos

Era abril de 1478. La ciudad aún zumbaba con el eco de la conspiración. Los Pazzi se habían atrevido. Giuliano de' Medici había caído muerto en el Duomo. Lorenzo vivía, herido, furioso. Por todas partes colgaban cadáveres de las ventanas del Bargello. Por todas partes había ojos.

Matteo se mantenía lejos de la política. Solo quería mármol y luz. Pero Donato había aparecido en su puerta tres semanas atrás, de noche, con sangre en la manga. Había pedido refugio. Matteo dijo que sí antes de que su cabeza lo supiera.

—No sabes quién soy —había dicho Donato aquella primera noche.

—Sé suficiente.

—Nadie sabe suficiente.

Desde entonces Donato dormía en un jergón junto al horno. De día posaba como modelo. Su cuerpo era un mapa de guerras. Matteo lo tallaba en piedra y fingía que con eso bastaba.

III. La tarde

Las campanas de Santa Maria dieron las seis. Matteo dejó el cincel. Le ardían los hombros.

—Por hoy es suficiente —dijo.

Donato bajó del estrado. Se estiró. El paño de lino resbaló. Matteo apartó la mirada, y luego la devolvió.

—Tienes hambre —dijo Donato.

—Siempre tengo hambre.

—Voy a buscar pan.

—Esta noche no. Quédate dentro.

Donato ladeó la cabeza. —¿Qué sabes?

Matteo dudó. Esa tarde había visto a un hombre al otro lado del puente. Un hombre de gris, con el rostro enjuto. Había estado mirando hacia la ventana de la bottega. Demasiado tiempo.

—Hay alguien rondando por ahí —dijo Matteo—. Está mirando.

La mandíbula de Donato se tensó. La cicatriz tembló.

—Entonces tengo que irme —dijo.

—Esta noche no.

—Matteo.

—Esta noche no.

Sus miradas se engancharon. Afuera empezó a llover. Suave, luego con más fuerza. El sonido llenó el taller como una pausa en mitad de una conversación.

IV. Pan y vino

Comieron junto al fuego. Pan, aceitunas, un trozo de queso curado. Vino de un jarro de barro. La lluvia golpeaba el postigo.

—Cuéntame lo de tu cicatriz —dijo Matteo.

Donato miró el fuego. La luz le resbalaba por la mejilla.

—Un sable en Imola —dijo—. Tenía veinte años. El hombre que me la hizo está muerto. Yo lo maté. He hecho cosas peores.

—Por eso huiste.

—Huí porque me negué a participar. En algo distinto. En el Duomo.

El aliento de Matteo se cortó. Dejó la copa sobre la mesa.

—Tú —susurró.

—Me habían contratado. Iba a ayudar. Dije que no. Me fui. Pero creen que voy a hablar.

—Y ahora te buscan.

—Sí.

El silencio que cayó era denso. Matteo sintió su propio pulso en los oídos. Pensó en el hombre del puente. En los cadáveres del Bargello. En la figura sobre su banco de trabajo, a medio salir de la piedra.

—Tienes que quedarte conmigo —dijo.

—Es peligroso para ti.

—Lo sé.

Donato lo miró. Algo en su rostro se abrió despacio, con delicadeza.

—¿Por qué? —preguntó.

Matteo conocía la respuesta. La había sabido durante tres semanas. Pero decirla era otra cosa. Decirla era un salto al vacío.

—Porque te tallo en piedra —dijo—. Y la piedra ya lo sabe.

V. El contacto

Donato se puso de pie. Rodeó la mesa despacio. Se quedó de frente a Matteo. La lluvia golpeaba.

Posó su mano en la mejilla de Matteo. Áspera, cálida. Una mano que había empuñado una espada y ahora sostenía algo diferente.

Matteo cerró los ojos.

—Dilo —susurró Donato.

—¿Qué?

—Que me quede.

—Quédate.

Donato se inclinó. Su frente contra la de él. Sus alientos se mezclaron. Matteo sintió la barba incipiente, el calor, el latido bajo la piel del cuello.

El beso llegó despacio. Como un cincel buscando una línea. Primero con cautela, luego con certeza. Las manos de Matteo encontraron la cintura de Donato, la piel tibia sobre el lino. El fuego crepitó. Afuera la ciudad seguía siendo peligrosa. Adentro el mundo se volvió pequeño.

Se movieron hacia el jergón. Despacio, como si la prisa fuera a romper algo. Los dedos de Donato recorrieron la columna de Matteo. Matteo fue aprendiendo el cuerpo que conocía del polvo y la luz de otra manera ahora. Cada lugar que había tallado en mármol lo encontraba de nuevo en calor. El hombro. El cuello. La cicatriz, que besó con suavidad.

—Tranquilo —susurró Donato.

—Estoy tranquilo.

—Estás temblando.

—No es miedo.

Rieron, brevemente, en la penumbra. Después no hubo más palabras. Solo el aliento, y el ritmo de dos hombres que por primera vez no eran soldado ni escultor. Solo piel. Solo esto.

Más tarde Donato yacía de lado, con un brazo sobre el pecho de Matteo. El fuego casi se había apagado. La lluvia había cesado.

—Nunca había —empezó Donato.

—Yo tampoco. No así.

—No así —repitió Donato. Lo dijo como si fuera una oración.

VI. Los golpes

Era bien entrada la noche cuando llamaron a la puerta.

Tres golpes cortos. Silencio. Tres golpes de nuevo.

Matteo se incorporó de golpe. Donato ya estaba de pie, más ágil de lo que su complexión hacía suponer. Se puso la túnica. Sus ojos estaban despejados, alerta, los de un soldado otra vez.

—Hacia atrás —susurró—. Al patio interior.

—Tú vienes conmigo.

—Yo voy detrás.

Otro golpe. Más fuerte.

—¡Abrid en nombre de la Signoria!

El corazón de Matteo latía en su garganta. Miró la figura a medio terminar sobre el banco de trabajo. La línea de la mandíbula de Donato en mármol. Miró al hombre en persona. La cicatriz, que ahora había besado.

—Hay una trampilla detrás del horno —dijo rápido—. Da a la callejuela del cordelero. Ve a Santa Croce. Pregunta por el hermano Agnolo. Dile que Matteo te manda.

—¿Y tú?

—Yo los entretengo.

—Matteo.

—Ve.

Donato le agarró la nuca, breve, fuerte. Apretó su boca contra la sien de Matteo.

—Vuelvo —dijo—. Cuando la ciudad haya olvidado. Cuando sea seguro. Vuelvo por la escultura.

—¿Por la escultura?

Donato sonrió, una sonrisa torcida en la oscuridad.

—Por el escultor.

Y desapareció. La trampilla se cerró de golpe. Matteo oyó los pasos apagarse por la callejuela.

Otro golpe. Más fuerte ahora. La madera crujía.

Matteo respiró hondo. Se limpió las manos en el delantal. Fue hacia la puerta despacio, como si fuera una mañana cualquiera de polvo y luz.

Abrió.

Tres hombres. Cascos. Uno con una carta.

—Buscamos a un desertor —dijo el que iba delante—. Un hombre de Milán.

—Yo solo conozco el mármol —dijo Matteo.

El hombre lo apartó de un empujón. Registraron el lugar. Encontraron el jergón, aún tibio. Encontraron las dos copas. Encontraron la escultura.

El jefe se detuvo largo tiempo ante ella. Estudió el hombro, el cuello, el rostro a medio nacer.

—¿Quién es este? —preguntó.

Matteo la contempló. La línea que sus propias manos habían trazado. El hombre que conocía, y que ahora corría por la callejuela del cordelero.

—Nadie —dijo—. Un pensamiento.

El jefe resopló. Se fueron. La puerta se cerró de golpe.

VII. Lo que queda

Matteo se quedó solo. El fuego estaba apagado. Los primeros trazos grises se filtraban por los postigos. La ciudad despertaba, ajena a todo, hambrienta de un día más.

Se acercó a la escultura. Apoyó la mano en la mejilla de mármol. Fría ya, pero bajo sus dedos la piedra recordaba otra cosa. Una forma que él conocía por su nombre.

No la terminaría. Todavía no. Esperaría.

Afuera, en algún lugar detrás de Santa Croce, un hombre con una cicatriz caminaba hacia el sur. No llevaba nada consigo salvo una promesa.

Matteo tomó el cincel. Lo volvió a dejar. Se sentó junto al horno apagado, la cabeza apoyada en la piedra aún tibia, y esperó a que llegara la luz.

La ciudad olvidaría. Siempre lo hacía. Y cuando lo hiciera, habría unos golpes en la puerta. Tres golpes cortos. Silencio. Tres golpes de nuevo.

Hasta entonces, la escultura permanecería a medio salir del mármol. Un hombre que aún no estaba listo para ser visto. Una promesa en piedra.

RR

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