El amigo que siempre llega tarde al aperitivo
Cada grupo de amigos tiene uno: el tipo que SIEMPRE llega tarde. Una oda a la espera con un spritz tibio.
Nuestro grupo de amigos tiene una regla no escrita. Si quedamos a las ocho, Marco llega a las nueve. A veces a las nueve y media. Una vez llegó a la mañana siguiente.
Eso último fue una exageración. Pero así lo sentimos.
La promesa eterna
Marco siempre manda el mismo mensaje. ¡Voy en camino! Con signo de exclamación. A veces con un monigotillo corriendo.
Nosotros ya sabemos: en camino no significa nada. Todavía está bajo la ducha. O se está mirando el cuarto outfit de la noche.
O ha perdido las llaves. De nuevo.
El ritual de la espera
Estamos sentados en la terraza. Se ha pedido el spritz. Se ha acabado el spritz. Se pide el segundo spritz.
Alguien pregunta: "¿Dónde está Marco?" Todos suspirámos al unísono. Suena como un equipo de natación sincronizada.
El camarero ya nos conoce. Ya no pregunta si estamos listos para pedir. Solo trae pan. Mucho pan.
Mientras tanto, analizamos la vida de Marco. ¿Llegaría alguna vez puntual a su propio funeral? Creemos que no. El ataúd listo, las flores allí, y entonces un mensaje: ¡Ya casi en el cielo!
La gran entrada
Aparece a las nueve y cuarto. Siempre sin aliento. Siempre con una historia.
El metro no funcionaba. El vecino quería charlar. Su perro lo miraba con tristeza.
La semana pasada fue una nueva: accidentalmente se había quedado dormido en el sofá. Con la chaqueta ya puesta. "Estaba listo para irme", dijo indignado.
Como si nosotros hiciéramos algo mal por estar despiertos.
Los besos, el drama, la bebida
Nos da tres besos a todos. Se deja caer en la silla. Inmediatamente pide un vino y un agua. Porque tiene tanta sed de tanto correr.
Asentimos con comprensión. Qué noche tan dura debe haber tenido. Todo ese ajetreo desde su sofá.
En cinco minutos se apodera de la conversación. Cuenta sobre su cita de ayer. Sobre sus zapatos nuevos. Sobre ese colega que sí que es toda una historia.
Y nosotros escuchamos. Porque por mucho que sea una molestia: sin Marco la noche no estaría completa.
La resignación
He tirado la toalla. Le digo a Marco que quedamos a las siete, mientras yo estoy en la terraza a las ocho. Él llega entonces alrededor de las ocho y media.
Casi puntual, según su parecer.
Está orgulloso. Le cuenta a todos: "Estoy trabajando en mi puntualidad". Nosotros asentimos con admiración.
Nadie le cuenta la verdad. Porque honestamente, un grupo de amigos sin un impuntual de cabecera es como el Orgullo sin lluvia. Demasiado perfecto. Demasiado predecible.
Alguien tiene que cumplir ese papel. Y mientras Marco lo haga, nosotros no tenemos que serlo.
¡Brindemos por el segundo spritz. Y el tercero.