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Verhalen

El telegrafista de Vimy

Primavera de 1917, norte de Francia. Entre el barro y la metralla, el telegrafista Daan encuentra a un zapador canadiense. Una sola noche lo cambia todo.

RainbowNews Redactie25 de abril de 2026 — Países Bajos3 min de lectura
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El hilo que vibró

El cable zumbaba bajo sus dedos. Daan escuchaba. En la trinchera de Vimy, cada sonido era una advertencia. Un clic significaba vida. El silencio significaba muerte.

Tenía veintiséis años y era telegrafista del servicio de señales británico. Daan Verhoeven, nacido en Flandes, criado en Dover. Hablaba tres idiomas y no dormía en ninguno.

Era abril de 1917. La primavera llegaba despacio. El barro olía a cobre y a patatas podridas. Sobre ellos, el cielo estallaba en destellos anaranjados. Contaba los segundos entre el impacto y el trueno. Tres. Dos. Uno.

La tierra tembló. Un puñado de barro cayó sobre su casco. El cable enmudeció.

“Línea muerta,” murmuró. Agarró su bolsa. Alicates, cinta aislante, cable de repuesto. Trepó por el parapeto, se tendió boca abajo y avanzó arrastrándose por tierra de nadie.

El extraño en el cráter

Encontró la rotura junto a un embudo de granada. El cable yacía partido en dos, como una vena cortada. Se arrodilló en la hierba mojada.

Entonces oyó respirar.

Empuñó el revólver. En la sombra del cráter, algo se movía. Una figura corpulenta, medio enterrada en el barro.

“Friend,” susurró el hombre. “Canadian. Sapper.”

Daan bajó el arma. El hombre era fornido, con una barba oscura y sangre en la sien. Sus ojos eran grises como el estaño. Se sujetaba la pierna.

“¿Nombre?” preguntó Daan en voz baja.

“Eli. Eli Marchand. Treinta y uno. Quebec.”

“Daan. Señales.” Miró la pierna. Un fragmento de metralla. Profundo, pero no mortal. “¿Puedes caminar?”

“No mucho.”

Un cohete iluminante silbó sobre ellos. Blanco, cegador, implacable. Ambos hombres se aplastaron contra el suelo. Daan sintió el aliento de Eli en la nuca. Cálido. Rápido. Vivo.

El cohete se apagó. La oscuridad volvió como una manta.

Bajo las tablas

Daan reparó el cable con dedos temblorosos. Alicates. Nudo. Cinta. Probó la línea con su teléfono de campaña. Clic-clic. Respuesta. Bien.

“No puedo dejarte aquí,” dijo.

“Ya no me buscan,” dijo Eli. “Mi pelotón se fue.”

Daan miró el cielo al este. Una hora hasta el amanecer. No había tiempo de llevarlo hasta la línea canadiense. Demasiado lejos.

“Mi puesto,” dijo. “Bajo las tablas. No viene nadie.”

Arrastró a Eli por los lomos de arcilla. Eli se mordía el puño para no gritar. Dos veces se tiraron al suelo para cubrirse de los francotiradores. Daan sentía el peso de Eli aplastándole las costillas. No era una carga. Era una promesa.

Al llegar al refugio, Daan corrió una trampilla de madera. Debajo había un espacio pequeño, no mayor que una tumba. Una manta. Una vela. Una taza de hojalata.

“Aquí duermo yo,” dijo. “Aquí estás a salvo.”

La luz de la vela

Daan limpió la herida con yodo. Eli gimió. El olor del líquido escociá. Afuera, la artillería seguía retumbando, lejana ya, como si la guerra fuera otra habitación.

“¿Por qué me ayudas?” preguntó Eli.

Daan levantó la vista. La luz de la vela suavizaba los ojos de Eli. “Porque respirabas.”

Eli se rió. Una risa breve y ronca. “Buena razón.”

“La mejor que conozco.”

Daan vendó la pierna. Sus manos trabajaban deprisa. Eli lo miraba como nadie lo había mirado nunca. No como a un soldado. No como a un extraño. Como a un hombre al que se ve de verdad.

“Tú no eres de aquí,” dijo Eli.

“Flandes. Hace mucho.”

“¿Y después de la guerra?”

Daan calló. Nadie preguntaba eso. Nadie hablaba del ‘después’. Era de mal agüero.

“No lo sé,” dijo al fin. “Una casa con techo. Un jardín. Silencio.”

Eli asintió despacio. “Yo construyo puentes. Antes de la guerra. Puentes de madera sobre los ríos de Québec.”

“Hermoso trabajo.”

“Sí.” La voz de Eli se fue apagando. “Te construiré un puente, Daan. Hacia esa casa.”

La noche que se quedó

La vela menguaba. Afuera comenzó la lluvia. Un rumor fino y lento sobre la madera encima de sus cabezas. Daan se tendió junto a él. No había espacio para la distancia.

Sintió el hombro de Eli contra el suyo. El calor de un cuerpo grande. El olor a sudor, a yodo, a tabaco.

“Daan,” susurró Eli.

“Sí.”

La mano de Eli encontró la suya. Dedos ásperos, callos, un pequeño corte junto al pulgar. El contacto no era una pregunta. Era una afirmación. Como si Eli dijera: tú estás aquí, y yo también.

Daan giró la cabeza. Sus frentes se tocaron. La llama de la vela tembló entre ellos. Sintió el aliento de Eli en los labios, lento, cuidadoso.

El beso fue pequeño. Una pregunta, no una respuesta. Daan la respondió.

Algo en su pecho, algo que llevaba meses endureciéndose, se abrió suavemente. Sintió que los ojos se le humedecían, pero no lloró. La mano de Eli fue hacia su nuca. Dedos entre su pelo. La otra mano, a lo largo de su mejilla.

Se movieron despacio, porque todo había sido rápido. La guerra. Los impactos. Los muertos. Allí, bajo las tablas, el tiempo era otra cosa. Un río en calma.

Daan sintió los latidos bajo las costillas de Eli. Fuertes y acompasados. Puso su mano sobre ellos. Quería recordar ese ritmo.

“Quédate,” susurró Eli, y no era una orden. Era una plegaria.

“Aquí estoy.”

Su respiración se volvió una sola. Piel contra piel, un calor que fue expulsando el frío de sus huesos. Daan besó la herida en la sien de Eli, despacio, como una promesa. Los brazos de Eli se cerraron a su alrededor.

Afuera seguía lloviendo. Adentro no se dijo nada que no fuera necesario.

La señal del amanecer

Lo despertó el teléfono. Clic-clic-clic. Un patrón. Mensaje cifrado del cuartel general.

Daan se incorporó. Eli dormía, con un brazo sobre su cintura. Daan escuchó los clics, los tradujo en su cabeza.

OFENSIVA HOY. SIETE HORAS. TODAS LAS LÍNEAS ABIERTAS.

Miró el reloj. Las seis menos cinco.

Eli abrió los ojos. “¿Qué?”

“El ataque. Una hora.”

Eli se sentó. El dolor cruzó su rostro como un relámpago. “Tengo que volver.”

“Tu pierna…”

“Mi pelotón va a cruzar. Yo voy con ellos.”

Daan sintió algo frío. “No puedes correr.”

“Puedo pelear.”

Se miraron. Sin drama. Sin súplicas. Solo dos hombres que sabían lo que era el deber, y lo que era el amor, y cuánto dolía cuando no querían lo mismo.

Daan sacó un lápiz del bolsillo. Arrancó una esquina de su cuaderno de registro. Escribió una dirección en Dover. Mi hermana. Ella sabe cómo encontrarme.

Eli dobló el papel. Lo guardó en una bolsita de cuero que llevaba al cuello, junto a su placa de identificación.

“Después de la guerra,” dijo.

“Después de la guerra,” repitió Daan.

Lo ayudó a levantarse. Afuera el cielo era gris como el acero. La artillería calló, un instante breve, antes de la tormenta. Daan señaló hacia el oeste. “Sigue la trinchera. El segundo ramal a la izquierda. Ahí están tus hombres.”

Eli le tomó el rostro entre las dos manos. Lo besó una vez, firme y breve, como quien sella algo.

“Construye ese jardín,” dijo.

Y se fue, cojeando por el barro, una sombra grande entre los sacos terreros.

El último tictac

El ataque llegó a las siete. La colina de Vimy tembló. Daan estaba en su línea, los dedos sobre la llave, transmitiendo mensaje tras mensaje. Posiciones, heridos, avances. Trabajaba como un hombre que no existía.

Al caer la tarde, la colina había sido tomada. Costó miles de hombres.

En los días siguientes, preguntó. Con cautela. Un zapador canadiense, alto, barba oscura, pierna herida. Nadie lo conocía por su nombre. Algunos asentían. Otros negaban con la cabeza. Las listas estaban incompletas. Los cuerpos yacían en un barro que nadie podía registrar.

Daan esperó.

Dover, octubre de 1919

La carta llegó en otoño, después del armisticio. Un papel delgado, sello canadiense. La letra era desconocida, pero la dirección era la de su hermana.

La abrió en la escalera, con la lluvia en el pelo.

Daan. Mi pierna ya no vale gran cosa, pero mis manos sí. Sigo construyendo puentes. Hay un río aquí, y una casa con un techo que gotea. Lo estoy reparando. Ven, si quieres. Te espero. — E.

Daan se sentó en el escalón. La lluvia repicaba sobre las piedras, suave, acompasada, como una línea que aún vivía.

Sonrió. Por primera vez en años, sonrió de verdad.

A la mañana siguiente, hizo la maleta.

RR

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